En julio de 1936 la ciudad de Guadalajara contaba con una única unidad militar: el Regimiento de Aeroestación, al mando del coronel Francisco Delgado Jiménez, quien los días 19 y 20 se manifestó como fiel republicano ante las autoridades mientras esperaba noticias de otras guaniciones. Al enterarse que dos columnas procedentes de Zaragoza y Pamplona-Soria se dirigian hacia Guadalajara, el 21 de julio decidió sublevarse, tomando los edificios del Gobierno Civil (deteniendo al gobernador), el Ayuntamiento, la Casa del Pueblo, la central de Teléfonos y Correos y Telégrafos. Sin embargo, una columna de unos 3.000 milicianos y tropas leales a la República al mando del coronel de Ingenieros Ignacio Puigdendolas, tras sofocar la sublevación de Alcalá de Henares, entró en Guadalajara al día siguiente, 22 de julio, quedando la ciudad de nuevo en manos republicanas.
El mismo día 22 de julio las milicias republicanas obligaron a las carmelitas descalzas abandonar la clausura y a alojarse fuera del convento. La mitad de la comunidad se refugió en los sótanos del hotel Iberia, y la otra mitad en una pensión amiga. Pero como ninguno de ellos estaba diseñado y equipado para acoger a tantas personas, tres madres fueron destinadas a un domicilio amigo de la calle Francisco Cuesta:
De esta manera, en la mañana del 24 de julio las tres monjas, vestidas de seglar, se dirigieron al citado domicilio. En su camino fueron fácilmente reconocidas por una miliciana, quien gritó: “¡Son monjas, disparad sobre ellas!”. Rápidamente sus compañeros de desplegaron y organizaron una cacería. Las tres monjas huyeron despavoridas por calle, entrando en el portal del número 5. Llamaron en vano a dos pisos, pues nadie acudió a abrirlas. Regresaron de nuevo a la calle, siendo recibidas a tiros por los milicianos.
La hermana María Ángeles fue alcanzada en el corazón y murió en el acto, quedando tumbada sangrando sobre el bordillo de la acera.
La hermana María del Pilar cayó muy mal herida tendida en un charco de sangre exclamando “¡Dios mío, Dios mío!”. Un miliciano se acercó a la monja agonizante y, lejos de apiadarse de ella, le disparó a quemarropa, mientras que otro sádico le apuñaló salvajemente hasta dejarle el riñón al descubierto. La llegada de un guardia de Asalto alejó los milicianos y, visto el estado de la monja, ordenó que se la llevase a una farmacia cercana. Allí vieron la gravedad de su estado y el guardia ordenó su traslado urgente al hospital. Al parar un coche, su conductor exclamó: “Traédmela aquí y yo la remataré”, y acto seguido pisó el acelerador y se fue. Pararon un segundo coche, la introdujeron en él y la llevaron al dispensario de la Cruz Roja de Guadalajara.
Al llegar al dispensario, un grupo de izquierdas negó a la entrada de la monja y a punto estuvieron de linchar a quien portaban la camilla. Se impuso la autoridad del guardia de Asalto y entraron a la monja. Una doctora y el director provincial de Sanidad intentaron curarla, pero dada su gravedad se limitaron a vendar sus heridas y trasladarla al hospital. Una vez allí, permaneció bajo los cuidados de una hermana de la Caridad hasta su muerte, mientras recitaba jaculatorias. Sus últimas palabras fueron las de Jesucristo en la cruz: “¡Dios mío, Dios mío! ¡perdónales porque no saben lo que hacen!”.
La hermana Teresa no fue alcanzada por los disparos y pudo huir. Corrió callejeando hasta el Hotel Palace, donde fue rechazada. Vagó aturdida por varias calles hasta toparse con un individuo que, con aire protector, le dijo que le siguiera. Caminaron juntos hasta las afueras de la ciudad y, en las cercanías del cementerio, el hombre le propuso actos deshonestos, que la monja rechazó enérgicamente. Pero los milicianos, que seguían su rastro, acabaron encontrándola en aquel lugar. Fue hecha prisionera por tres milicianos que la condujeron entre empujones y expresiones soeces hasta el cementerio. Cada vez que la invitaban a vitorear al comunismo, ella contestaba con un “¡Viva Cristo Rey!” En un momento dado avanzó con las manos en alto y los milicianos la dispararon por la espalda. La hermana Teresa cayó de bruces sobre las piedras del suelo, sangrando por la boca. Media hora más tarde se encontró su cuerpo en el interior del cementerio.
Las tres hermanas carmelitas descalzas de Guadalajara fueron asesinadas una semana después del 142º aniversario de la muerte en la guillotina de las dieciséis mártires carmelitas, compañeras de su orden, del monasterio de Compiègne, durante la revolución francesa, ocurrida el día 17 de julio de 1794.
Fueron beatificadas por el papa san Juan Pablo II en el Vaticano el 29 de marzo de 1987, siendo los primeros mártires de la guerra civil española reconocidos como tales y subidos a los altares.
FUENTES:
Montero Moreno, Antonio. "Historia de la persecución religiosa en España (1936-1939)". Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1961, páginas 521-523.
Cárcel Ortí, Vicente. "Los mártires españoles del siglo XX", capítulo I. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1995.