En julio de 1936 el convento de los Pasionistas de Daimiel, situado a las afueras de la localidad, contaba con 30 miembros (31 si contamos al padre Provincial). El padre Germán de Jesús y María era el rector, y el padre Juan Pedro de San Antonio el vicesuperior. El padre Nicéforo de Jesús y María era el padre Superior Provincial, y se hallaba en Daimiel en visita canónica desde hacía un mes. El resto de los miembros de la comunidad eran cohermanos estudiantes de entre dieciocho y veintiun años que se preparaba para ir de misiones a América. 26 de ellos fueron asesinados en tres meses, entre el 22 de julio y el 23 de octubre de 1936. Cinco se salvaron llegando a Zaragoza y contando lo ocurrido.
El domingo 19 de julio unos milicianos se presentaron en el convento en busca de armas. Se repetían las escenas de marzo, cuando una turba de unos 300 milicianos entró en el convento en busca de armas. El registro se repitió por tercera vez en la madrugada del martes 21 de julio, marchándose los milicianos a las 06:30 horas. A las 23:30 horas los milicianos regresaron y llamaron a la puerta del convento y conminaron a los frailes a abandonar el edificio en media hora. En ese tiempo el padre Nicéforo reunió la comunidad y les dijo: “Hermanos, si ha llegado nuestra hora, ¡ánimo! El Señor está con nosotros. Recibamos su ayuda.” Absolvió a los estudiantes, tomó el copón y entre todos consumieron las hostias consagradas.
Se cambiaron de paisano y se dispusieron a salir. En seguida fueron rodeados por una muchedumbre de unos doscientos milicianos, que los colocaron en fila de a dos y los escoltaron hacia la estación de ferrocarril, tranquilizándoles diciendo que no iban a matarles, sino a escoltarles a la estación para que se fueran. Pero al llegar al cruce que conducía al cementerio, tomaron este camino; no había ninguna duda de que los pasionistas iban a ser fusilados allí. La llegada de un emisario del alcalde suspendió la inminente ejecución “porque la pólvora y el plomo se necesitan para otras cosas”, y les transmitió su orden: abandonar el pueblo de inmediato y no regresar nunca, porque entonces no respondería de sus vidas.
Los pasionistas se pusieron en camino en silencio por la carretera hasta el cruce de Bolaños. Allí, el padre provincial decidió que la comunidad se dividiera en grupos, y que cada uno se dirigiera a Madrid por itinerarios y fechas diferentes, con objeto de pasar desapercibidos, y que desde allí marcharan a Zaragoza. Así lo hicieron, dividiéndose en cuatro grupos.
Tres pasionistas asesinados en Urda (25 de julio de 1936).
Un primer grupo de tres religiosos marcharon campo a través hacia Malagón con intención de coger allí el tren hacia Madrid. En el camino trataron de evitar tropezar con los milicianos que se dirigían al santuario de la Cruces para detener a su capellán, don Modesto D´Opazo Maján, que fue asesinado más tarde. Acosados por la sed, los pasionistas se acercaron a una casa de campo llamada “Flor de Rivera”, donde vivía la familia de Manuel López Astillero, cuyo padre era de derechas y tuvo que huir, ya que un hombre se había presentado en la casa preguntando con él. Tras beber agua, siguieron su camino hacia Malagón caminando por la carretera. Al llegar al Puente Navarro, sobre el rio Guadiana, los serenos de Malagón llamados “Sardina” y “Matacán” les reconocieron como frailes y les condujeron al Ayuntamiento, donde les entregaron a las 17:00 horas del 24 de junio: “Traemos tres peces gordos; son frailes de Daimiel...” Atados codo con codo, les encerraron en “la perrera” del Ayuntamiento, donde un joven detenido testificó posteriormente que “en su rostro se reflejaba la bondad. En verdad, parecían santos.”
A las 05:00 horas del 25 de julio los tres religiosos fueron llevados a la estación para que tomasen el tren correo que se dirigía a Madrid desde Badajoz. A las 06:00 horas subieron al tren. Cuando el tren llegó a Urda, a escasos kilómetros, unos milicianos ya les estaban esperando, pues habían sido avisados, y les obligaron a descender del tren. A los milicianos de Urda se unieron los revolucionarios de Consuegra, que acababan de asesinar a 46 personas, 36 de ellos religiosos de una comunidad franciscana de los que solo sobrevivieron cuatro; no querían que se les escapasen los pasionarios de Daimiel.
Tras unos breves instantes de indecisión, los milicianos les condujeron hacia el depósito de agua dirigidos por un tal León, alias “El Tumantilla” y un tal Enrique, alias “El Tulle”, seguidos de otros varios, que caminaban cabizbajos, sin hablar. Al llegar al depósito les dispararon sin piedad hasta matarles. Se trataba de los siguientes religiosos:
Dos pasionistas asesinados en Carrión de Calatrava (25 de septiembre de 1936).
Un segundo grupo de siete religiosos decidió marchar hacia Ciudad Real por Torralba de Calatrava. Cinco religiosos jóvenes iniciaron la marcha campo a través, mientras que los dos de más edad, el padre Juan Pedro de San Antonio, superior y vicario de la comunidad pasionista, y el hermano Pablo María, marcharon por la carretera. Los jóvenes, animados por los otros dos, se adelantaron hasta tomar en Torralba el autobús que les llevaría a la capital; poco después llegaron los otros dos, a tiempo de montarse en el vehículo.
En Ciudad Real, los cinco jóvenes fueron detenidos y llevados a comisaría, donde pasaron aquella noche, tras la cual les dejaron en libertad. Con ayuda de un agente de policía consiguieron llegar a Madrid, y de allí, tras numerosos incidentes y apresamientos, llegaron por fin a Zaragoza, librándose con ello del martirio y donde dieron testimonio de lo ocurrido a sus compañeros y superiores. Estos cinco supervivientes fueron:
Una vez llegados a Ciudad Real, el 22 de julio los dos pasionistas de más edad se dirigieron al seminario para tratar de refugiarse en él, y al no recomendárselo, marcharon al convento de los padres Claretianos. Allí les dieron la dirección de una pensión segura, situada en la calle Montesa 6 y regentada por Antonia Martínez Navalón, donde se alojaron junto con otros tres religiosos más (padre Tomás Ramos CMF, padre Jesús Hita, marianista y declarado beato, y el seglar Eduardo Hoyos).
En la pensión dedicaron su tiempo al rezo del oficio divino, a lecturas espirituales y al rezo de los quince misterios del rosario. El padre Juan Pedro llevaba puestos encima unos cilicios de cuerda, y animaba al resto de religiosos a soportar el martirio. Decía a las señoras de la casa: “Si alguno nos saca para fusilarnos, os pedimos que a nadie tengáis odio ni rencor, por mal que nos hagan. El Señor lo permite para nuestra satisfacción.”
Durante este tiempo recibieron la visita de algunas fieles seglares de Daimiel; el padre Juan Pedro escribió a las Hermanitas del Asilo de Daimiel y a la familia D´Opazo pidiéndoles dinero para pagar la pensión y algo de alimentos. El 6 de agosto el padre Juan Pedro ya conocía la muerte y asesinato de sus compañeros de comunidad, referida por las visitas que recibía, y que pudo comunicar al padre Inocencio en Roma.
A finales de agosto una orden del gobernador obligó a todo aquel que regentaba un establecimiento hotelero o pensión dar cuenta de sus alojados. De esta manera, y porque las visitas a la pensión pudieron dar alguna pista, el 24 de septiembre unos milicianos se presentaron en la pensión a las 10:00 horas para llevarse a los dos pasionistas al seminario, convertido en checa. A las 22:00 horas les llevaron a Carrión de Calatrava para ser fusilados allí. El padre Juan Pedro llevaba un crucifijo en el pecho, que apretaba con fuerza mientras gritaba “¡Viva Cristo Rey!” justo en el momento de la descarga. Eran las primeras horas de la madrugada del 25 de septiembre. Sus cuerpos fueron arrojados a una fosa común, junto con otros ochocientos cuerpos. No pudiendo ser identificados, reposan ahora en el Valle de los Caidos junto a otros muchos no identificados.
Nueve pasionistas asesinados en la Casa de Campo de Madrid (22 de julio de 1936).
El resto de los religiosos, 21 en total, se dirigió hacia Bolaños dirigidos por el padre provincial. Sobre las 02:00 horas del 22 de julio llegaron al apeadero de El Campillo, situado antes de Almagro; allí se dividieron en dos grupos: uno, que llamaremos tercer grupo, se dirigiría a Madrid por Ciudad Real; el otro, el cuarto grupo, lo haría por Manzanares y Alcázar de San Juan.
El tercer grupo estaba formado por nueve pasionistas encabezados por el rector, padre Germán de Jesús y María. A las 09:00 horas del 22 de julio este grupo subió al tren correo de Alcázar de San Juan en dirección a Ciudad Real, llegando a la capital a las 12:00 horas. Pero el comité revolucionario de Daimiel había alertado al comité de la ciudad, de forma que los milicianos ya estaban en la estación esperando a los pasionistas. Los religiosos fueron detenidos nada más bajar del tren. Se les puso una soga al cuello y obligados a marchar en fila india por las calles de Ciudad Real en dirección al Gobierno Civil. Durante el camino algunos vecinos les insultaron y arrojaron piedras, de forma que el hermano José de Jesús María recibió un ladrillazo en la cabeza que le hizo sangrar abundantemente.
En el Gobierno Civil los religiosos recibieron un salvoconducto que los identificaba como "pasionistas de Daimiel en ruta hacia Madrid", mientras a las puertas la masa se arremolinaba gritando y pidiendo su inmediato fusilamiento. Temiendo lo peor, el gobernador les hizo trasladar a Malagón en una camioneta, donde tomaron en tren de Madrid a las 16:00 horas. Al llegar a Madrid se les volvió a detener en la estación de las Delicias y se les trasladó inmediatamente al barrio de Carabanchel, en las inmediaciones de la Casa de Campo, en cuyas tapias se les fusiló sin piedad a las 23:00 horas junto con un civil llamado Venancio Sanz Gómez, recibiendo todos ello el tiro de gracia. Se trataba de los siguientes pasionistas:
Un testigo de Ciudad Real afirmó que en ningún momento los religiosos tuvieron ademán ni palabras contra sus captores, incluso el que recibió el ladrillazo, y que se comportaron con una paz y serenidad admirables, que fueron verdaderos mártires y que murieron sin oponer resistencia.
Doce pasionistas asesinados en Manzanares (23 de julio y 23 de octubre de 1936).
El cuarto grupo estaba formado por doce religiosos encabezados por el padre provincial. Pasaron el día en los alrededores del apeadero de El Campillo, dando muestras de su bondad, paciencia y sencillez a cuantas personas pasaban por allí. A quienes dejaron medallas y crucifijos los conservaron después como reliquias de mártires. Al anochecer del 22 de julio subieron al tren correo en dirección de Daimiel-Manzanares (otros dicen que lo hicieron a las 09:30 horas del día siguiente). Su intención era llegar a Alcázar de San Juan para allí hacer transbordo en dirección a Madrid. Pero el anarquista Francisco Menchén, de Daimiel, alertó por teléfono a su hermano Antonio, que trabajaba en la estación de Manzanares, diciendo: “Van a pasar por ahí los pasionistas de Daimiel. ¡Carne Fresca! No la dejéis escapar...”.
Al llegar a Manzanares los milicianos del comité ferroviario, entre los que estaba Antonio Menchén, les detuvieron y les trasladaron hasta el Ayuntamiento para pasar el resto de la noche en una habitación conocida como “la perrera”. Sobre las 05:00 horas de esa misma madrugada del 23 de julio se les sacó de la prisión y los carabineros los condujeron de nuevo a la estación de ferrocarril para que tomasen el tren de Madrid que salía a las 06:00 horas. Incluso llegaron a tener los billetes en sus manos, que les entregó el jefe de estación.
De improviso Antonio Menchén irrumpió en el despacho del jefe de estación, seguido de un numeroso grupo de vociferantes correligionarios y mujeres, que se le enfrentaron y amenazaron con una pistola por dejar escapar a los frailes, “esa gentuza”. El padre Nicéforo se interpuso de rodillas ante Menchén para interceder por el jefe de estación: “Por favor, no le haga nada a él. Máteme a mí, si es preciso”. Ante la pasividad de los carabineros, en breves instantes los milicianos detuvieron a los pasionistas y los condujeron entre empujones e insultos a un campo cercano llamado “La Vereda de Valencia”, donde los doce pasionistas fueron tiroteados a placer sin ningún tipo de orden, quedando sus cuerpos abandonados en medio de un gran charco de sangre. Eran las 06:00 horas, momento en que salía en tren hacia Madrid. El padre Nicéforo quedó tendido boca arriba, con una sonrisa de paz en la boca. Un miliciano se dió cuenta y le increpó “¿Todavía vive?”, y le disparó un tiro de gracia.
Cinco pasionistas resultaron muertos, cuyos cadáveres fueron enterrados en el cementerio de Manzanares:
Siete de los doce pasionistas quedaron malheridos, rebullendo en el suelo, desangrándose, tratando de levantarse y volviendo a caer, mientras un grupo de milicianos les contemplaban a distancia divertidos. Algún miembro de comité revolucionario dio aviso, y cuatro horas más tarde, a eso de las 10:00 horas, fueron recogidos por la Cruz Roja y llevados al hospital municipal. Desgraciadamente, uno de ellos falleció a las pocas horas en el suelo, sin derecho a ser tumbado en una cama, sin haber recobrado el conocimiento y desprovisto de cuidados médicos:
Los otros seis pasionistas fueron cuidados por las Hermanas de la Caridad, a quienes se les permitió atender a los enfermos del hospital hasta el 31 de julio. El padre Ildefonso de la Cruz, director de los estudiantes, ingresó consciente en el hospital y ese mismo día se acercó a un enfermo moribundo para administrarle la absolución. El estado de los pasionistas era grave: uno había perdido un ojo y quedó completamente ciego, otro tenía un brazo atravesado, otro tenía las mandíbulas desencajadas, otro tenía lesiones graves en las piernas, otro un tiro en el peso y otro presentaba graves lesiones en la cara.
Los pasionistas pasaron el tiempo en el hospital entre rezos del rosario y devociones privadas. El 1 de agosto las Hermanas de la Caridad tuvieron que abandonar el hospital y los milicianos quedaron a su cargo, que no tardaron en cebar su odio a la religión en ellos. De vez en cuando recibían la visita de algún miliciano que les amenazaba con un nuevo fusilamiento; incluso tuvieron que sufrir el simulacro de algún nuevo fusilamiento, lo que quebrantaba su aguante. Los médicos del hospital decidieron no darles el alta, porque sabían que de hacerlo les matarían. Por ello, los pasionistas compartieron el tiempo de sus curas con diversas tareas que les dieron en el hospital (enfermeros, cocineros...).
Por fin se les acabó el sufrimiento y la espera. El 23 de octubre fueron sacados del hospital y conducidos a Ciudad Real a declarar; los religiosos no se dejaron engañar y el padre Ildefonso les dió la absolución. En presencia del gobernador civil, éste sentenció fríamente: “Que se les fusile”. La furgoneta les llevó de regreso, y a pocos kilómetros de Manzanares los milicianos de la FAI que les conducían les hicieron descender y les fusilaron, con tiro de gracia incluido. No querían fallos esta vez. Así cayeron los seis supervivientes del fusilamiento del 23 de julio:
Beatificación.
Los 26 religiosos pasionistas de Daimiel fueron beatificados por san Juan Pablo II el 1 de octubre de 1989. Su fiesta litúrgica se celebra el 24 de julio.
FUENTES:
Montero Moreno, Antonio. "Historia de la persecución religiosa en España (1936-1939)". Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1961, páginas 301-304.
Cárcel Ortí, Vicente. "Los mártires españoles del siglo XX", capítulo II. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1995.