En 1936, la ciudad de Barbastro tenía unos 8.000 habitantes; a resultas de la represión y del terror rojo, la población quedó diezmada, pues unas 800 personas fueron asesinadas. En toda la diócesis fueron asesinados 212 religiosos, de los que hasta la fecha 70 religiosos y un laico han sido declarados beatos:

Las detenciones.

La guarnición militar de Barbastro consistía en un batallón de Infantería, encuadrado en un regimiento de montaña que tenía su segundo batallón en la localidad catalana de Seo de Urgel. El coronel José Villaba estaba al mando del regimiento, y había dado seguridades a los padres superiores de la comunidades religiosas de Barbastro que se respetaría el orden. Parecía que el coronel Villalba estaba comprometido con el alzamiento, sin embargo, llegado el momento de la verdad, el coronel no hizo nada los días 18 y 19 de julio, se encerró en el cuartel con sus tropas, y esperó hasta el 20 de julio para declararse fiel a la República. Mientras tanto, en estos dos días los milicianos de izquierdas se hicieron con el poder en la ciudad.

A las 11:30 horas del sábado 18 de julio, un numeroso grupo de aproximadamente doscientos obreros hizo presencia en el Ayuntamiento de Barbastro. Seguidamente organizaron un Comité Rojo, al que acudieron por centenares los militantes y simpatizantes del Frente Popular, especialmente durante la madrugada siguiente.

El domingo 19 de julio se produjeron las primeras detenciones de sacerdotes de la ciudad. El gitano Ceferino Giménez Malla, "El Pelé", fue detenido ese día por salir en defensa de un sacerdote en el momento de su detención en la calle y por estar en posesión de un rosario. El obispo envió a su vicario general, padre don Félix Sanz, al Ayuntamiento para protestar por las detenciones de religiosos, pero el Comité Rojo no solo ignoró la protesta sino que comunicó al señor obispo que quedada detenido en sus dependencias del palacio episcopal, con prohibición de salir al exterior.

El lunes 20 de julio la comunidad de Escolapios (conocidos como los Calasancios) quedó detenida en la primera planta del edificio de su colegio, edificio situado en la misma plaza donde se ubicaban el Ayuntamiento y la cárcel Municipal. El colegio fué convertido en cárcel para aliviar el gran número de detenidos que había en la municipal. Sólo estaba ausente del colegio el padre Crisanto Domínguez, que había intentado salir de Barbastro en los primeros momentos del alzamiento; fue posteriormente detenido y encerrado en la cárcel. Al padre Ferrer, superior de los Escolapios, se le concedió cierta libertad de movimientos, que empleó en ayudar a la exigua alimentación que recibían los detenidos y a aliviar en lo que pudo sus sufrimientos.

A las 17:30 horas de ese día, un grupo de unos sesenta milicianos se presentaron en el edificio de los misioneros claretianos del Inmaculado Corazón de María, también conocidos como los Cordimarianos. Ordenaron la reunión de toda la comunidad en el patio e iniciaron un minucioso registro en busca de armas. Al no encontrar nada, su reacción fue llevarse presos al padre superior de la casa, don Felipe de Jesús Munárriz; al padre director del alumnado, don Juan Díaz; y al sacerdote don Leóncio Pérez. Se les encerró en la cárcel Municipal, en un calabozo del tercer piso que medía entre 20 ó 25 metros cuadrados, en compañía de los canónigos de la catedral, padres don Félix Sanz y don Mariano Sesé. En este espacio serían encerrados posteriormente hasta un total de 21 detenidos.

Una hora más tarde del arresto de los tres padres, el resto de la comunidad, un total de 54 religiosos entre padres y alumnos, fue también detenida y obligados a marchar por las calles de Barbastro en grupos de a tres entre dos cordones de guardias. Bajo la mirada amenazante, curiosa o compasiva de los vecinos que se agolparon para verles, su paso se produjo en un silencio tal que aquello parecía una procesión religiosa, lo que provocó que un vecino se santiguara ante ellos. Fueron encerrados en el salón de actos de la planta baja del colegio de los Escolapios. Los tres enfermos de la comunidad fueron conducidos al Hospital Militar. Al hermano Del Val, cocinero de los Claretianos, se le concedió cierta libertad de movimientos, que empleó en ayudar a la exigua alimentación que recibían los detenidos.

En la mañana del jueves 23 de julio, el señor obispo, monseñor Florentino Asensio y Barroso, fue sacado del palacio episcopal y trasladado detenido al colegio de las Escolapios, donde quedó encerrado en el apartamento del padre rector, situado en el primer piso del edificio, acompañado por dos familiares, su capellán don Manuel Laplana y su mayordomo don Marcelino Abajo.

Ese mismo jueves fueron trasladados un total de 20 detenidos de la comunidad benedictina del monasterio de Pueyo en un camión de la Guardia de Asalto hasta el edificio del colegio de los Escolapios, donde quedaron encerrados en la primera planta. De esta manera, el colegio de los Escolapios se convirtió en la prisión de más de noventa clérigos, incluida la comunidad de escolapios.

El sábado 25 de julio los padres claretianos Felipe Munárriz, Juan Díaz y Leoncio Pérez fueron trasladados al convento de las Capuchinas, convertido en cárcel para aliviar algo la atestada cárcel Municipal.

A mediodía de ese sábado, el párroco de La Puebla de Castro, reverendo don Manuel Arnal Esforzado, fue trasladado en coche a Barbastro por una patrulla de milicianos, que había torturado al párroco por el camino poniéndole al borde de la muerte. Su gallarda y desafiante actitud provocó una algarada en la calle, con gritos de “¡Que lo maten!”, que se extendió contra el colegio calasancio. Tuvo que intervenir el compañero Sopena, comunista, para impedir el asalto al edificio y linchamiento de sus prisioneros.

Llegada del terror.

Por la tarde del 25 de julio fue recibida en Barbastro con gran júbilo por las masas adictas una columna de unos 1.500 milicianos al mando del anarquista Durruti, procedente de Barcelona y con destino al frente de Aragón. Con ellos viajaban 80 mujeres reclutadas en los bajos fondos de barrio chino de Barcelona. Su jefe se reunió con el Comité Rojo de Barbastro, y juntos acordaron que se les daría permiso para incendiar y destrozar a su antojo cuantos edificios y enseres tuvieran relación con la religión durante aquella noche, pero se les impidió fusilar a nadie. Los milicianos pasaron por las cárceles como matones, con el consiguiente susto de los detenidos, con el sólo efecto práctico de requisar todos los colchones que los claretianos utilizaban para dormir en el salón de actos donde estaban detenidos, para usarlos como defensas en sus vehículos.

Tras la marcha de la columna catalana, los elementos anarquistas y comunistas de Barbastro quedaron confirmados en sus ideas revolucionarias, y sometidos a la presión que se les hacía desde Barcelona, donde exigían la muerte del señor obispo y del resto del clero como represalia por el fusilamiento de cinco milicianos catalanes en Zaragoza, acusados de haber robado objetos religiosos por valor de un millón de pesetas. Desde esa fecha, y hasta el 21 de septiembre, se produjeron hasta siete sacas de prisioneros, en los que fueron fusilados los siguienes 85 sacerdotes, religiosos y laicos:

  • Madrugada del 2 de agosto: fusilamiento de doce religiosos: tres claretianos, un escolapio, un benedictino y siete sacerdotes.
  • Madrugada del 8 de agosto: fusilamiento del gitano Ceferino.
  • Madrugada del 9 de agosto: fusilamiento del señor obispo Asensio Barroso.
  • Madrugada del 11 de agosto: fusilamiento de seis claretianos.
  • Madrugada del 13 de agosto: fusilamiento de veinte claretianos.
  • Madrugada del 15 de agosto: fusilamiento de veinte claretianos.
  • Madrugada del 18 de agosto: fusilamiento de dos claretianos y varios sacerdotes y seglares.
  • Madrugada del 28 de agosto: fusilamiento de diecisiete monjes benedictinos.
  • Madrugada del 8 de septiembre: fusilamiento de siete padres escolapios.
  • 21 de septiembre: asesinato de un padre escolapio.




Ceferino Giménez Malla, “El Pelé”, era un gitano de 75 años que había sido tratante de ganado en la provincia de Huesca. Su fama de honradez hizo que fuese llamado a mediar en las disputas habidas entre payos y gitanos. De profundas creencias religiosas, era muy devoto de la Virgen María y estaba muy preocupado por la formación religiosa de los niños, de cuyas catequesis de ocupaba.

En 19 julio de 1936 salió de su casa para tratar de enterarse de lo que pasaba en la ciudad, y fue testigo del apresamiento de un sacerdote en plena calle en Barbastro. Indignado por este hecho, salió en defensa del religioso. Recriminó su comportamiento a los milicianos diciendoles “¡La Virgen me valga! ¿No os da vergüenza llevar así a un hombre? ¡Tantos contra uno, y además inocente!”. Fue apartado bruscamente por los milicianos quienes le registraron, encontraron el rosario que siempre llevaba encima y se lo llevaron detenido junto al sacerdote.

Un anarquista llamado Eugenio Sopena, miembro del Comité Rojo y vecino de Ceferino, que le estimaba profundamente, trató de convencerle de que entregara el rosario a cambio de su libertad. Pero "El Pelé" se negó a entregarlo; incansable en la oración, decía que "el rosario significa la fe en Cristo". Muchos presos siguieron su ejemplo y rezaban con él. Sus carceleros estaban enfadados con el comportamiento del gitano, y muchos presos le decían que fuese más prudente. Hasta su hija adoptiva, Pepita, también le pidió que entregara el rosario, algo a lo que Ceferino siempre se negó.

Los milicianos le dejaron por imposible, hasta que le fusilaron. No está claro si fue fusilado la madrugada del 2 de agosto o en la del 8 de agosto. Sabemos que murió rosario en mano y gritando “¡Viva Cristo Rey!”. Su cuerpo fue encontrado con su brazo atado al de un sacerdote.

Fue beatificado el 4 de mayo de 1997 por el papa Juan Pablo II; su fiesta se celebra el 4 de mayo.


El señor obispo de Barbastro, monseñor Florentino Asensio y Barroso, fue sacado del palacio episcopal la mañana del 23 de julio y trasladado detenido al colegio de las Escolapios, donde quedó encerrado en el apartamento del padre rector, situado en el primer piso del edificio, acompañado por dos familiares, su capellán don Manuel Laplana y su mayordomo don Marcelino Abajo.

El 3 de agosto el obispo Asensio fue citado a declarar en la sala de visitas del colegio, constituida en sede de un tribunal de investigación, para dilucidar si había mantenido conversaciones de tipo político antes del 18 de julio. La noche del 8 de agosto fue de nuevo citado para declarar, esta vez ante un tribunar popular reunido en el Ayuntamiento. El obispo, temiéndose lo peor, pidió confesión y absolución con el prior de los benedictinos. Aquella misma mañana el señor obispo habia acabado una novena al Sagrado Corazón de Jesús, con confesión general, que había comenzado para implorar ayuda ante aquella terrible situación y como preparación para una más que probable muerte.

Una vez en manos de los milicianos, parece ser que éstos le sometieron a todo tipo de vejaciones y heridas, incluida la mutilación de los testículos; sobrellevó las torturas con serenidad y misericordia y, finalizado el "interrogatorio", fue llevado a la cárcel municipal. Allí, sobre la una de la madrugada del 9 de agosto, se dirigió a los religiosos y laicos que había a su alrededor, les dió su bendición, les anunció con alegría su próxima muerte, y rezó con ellos por España. Dos horas más tarde, sobre las tres de la madrugada, fue sacado de la cárcel para ser llevado a fusilar junto con otros presos.

Hay discrepancias sobre el lugar de su fusilamiento; mientras unos lo situan en el cementerio, siendo fusilado con otros presos en la pared lateral izquierda de la capilla, otros situan el fusilamiento en el kilómetro 3 de la carretera de Sariñena, junto a otros doce detenidos. En cualquier caso, hay coincidencia en el hecho que el obispo marchaba con serenidad y que murió bendiciendo y perdonando a sus asesinos, quienes, una vez muerto, le arrancaron la ropa, los zapatos y los dientes de valor al cadáver antes de ser arrojado a la fosa común; años más tarde, su cuerpo fue encontrado incorrupto.

Fue beatificado el 4 de mayo de 1997 por el papa Juan Pablo II; su fiesta se celebra el 9 de agosto.


La comunidad de misioneros claretianos del Inmaculado Corazón de María de Barbastro, también conocidos como los Cordimarianos, estaba formada por 60 misioneros: 9 sacerdotes, 12 hermanos y 39 seminaristas. El lunes 20 de julio, a las 17:30 horas, un grupo de sesenta milicianos se presentó a las puertas de edificio claretiano, ordenaron la reunión de toda la comunidad en el patio e iniciaron un minucioso registro en busca de armas. Al no encontrar nada, su reacción fue llevarse detenidos al padre superior, padre Felipe de Jesús Munárriz; al formador de los seminaristas, padre Juan Díaz; y al administrador, padre Leoncio Pérez, quienes fueron trasladados a la cárcel Municipal. Fueron encerrados en un calabozo del tercer piso, que medía entre 20 ó 25 metros cuadrados, en compañía de dos canónigos de la catedral, los padres don Félix Sanz y don Mariano Sesé. En este pequeño espacio serían posteriormente encerrados hasta un total de 21 detenidos.

Una hora después los milicianos volvieron a presentarse en el edificio del seminario claretiano para arrestar al resto de misioneros. Antes de abandonar el seminario, dos padres fueron a buscar dos copnes y el patio todos comulgaron unas dies hostias cada uno hasta acabarlas para evitar su profanación. Un total de 54 religiosos, entre padres y alumnos, fueron obligados a marchar por las calles de Barbastro en grupos de a tres entre dos cordones de guardias. Bajo la mirada amenazante, curiosa o compasiva de los vecinos que se agolparon para verles, su paso se produjo en un silencio tal, "como si volvieran de comulgar", que aquello parecía una procesión religiosa, lo que provocó que un vecino se santiguara ante ellos. Fueron encerrados en el salón de actos de la planta baja del colegio de los Escolapios, donde permanecerían hasta el momento de su muerte. Al hermano Del Val, cocinero de los Claretianos, se le concedió cierta libertad de movimientos, que empleó en ayudar a la exigua alimentación que recibían los detenidos. Mientras tanto, los tres enfermos de la comunidad fueron conducidos al Hospital Militar.

Desde el primer instante de su detención los claretianos presintieron su martirio y se prepararon para morir. Recibían la comunión clandestinamente y la eucaristía, el rezo del Oficio de los mártires y del santo rosario les fue preparando para la muerte. Uno de ellos escribió lo siguiente:

    "Pasamos el día en religioso silencio y preparándonos para morir mañana; sólo el murmullo santo de las oraciones se deja sentir en esta sala, testigo de nuestras duras angustias. Si hablamos es para animarnos a morir como mártires; si rezamos es para perdonar. ¡Sálvalos, Señor, que no saben lo que hacen!"

En el salón de actos, además del calor sofocante y de la escasez de agua, los claretianos recibían insultos y blasfemias por parte de los milicianos, que les ofrecian la liberación a cambio de su renuncia a los hábitos o a decir alguna blasfemia. Les decían que "no odiamos vuestras personas, sino vuestra profesión, vuestro hábito negro, vuestra sotana negra". En cierta ocasión les metieron en el salón un grupo de prostitutas para provocarles. Otro día los milicianos fueron a buscarles para fusilarles: se trató de un simulacro realizado para humillarles, que duró una hora.

Durante la madrugada del 2 de agosto se presentó en la cárcel Municipal de Barbastro un grupo de las milicias de Ginesta exhibiendo un papel que decía “Vale por 20 hombres”, recién expedido por el Comité Rojo de Barbastro. Una hora más tarde quedaron tumbados en las tapias del cementerio los cuerpos de veinte prisioneros, entre los que se encontraban los doce siguientes religiosos, entre ellos los tres claretianos:

  • Padre don Felipe de Jesús Munárriz Azcona, claretiano, superior de la comunidad, 61 años.
  • Padre don Juan Díaz, claretiano, director espiritual, 56 años.
  • Padre don Leóncio Pérez, claretiano, ecónomo, 60 años.
  • Padre don Crisanto Domínguez, escolapio.
  • Padre don Mariano Sierra, benedictino (otras fuentes le dan por fusilado el 9 de agosto).
  • Reverendo don Mariano Sesé Bailac, canónigo.
  • Reverendo don Tomás Ardanuy Coscojuela, beneficiado.
  • Reverendo don Mariano Puy Viñán, ecónomo de Pozán de Vero.
  • Reverendo don Manuel Arnal Esforzado, párroco de La Puebla de Castro.
  • Reverendo don Juan Manuel Frago Rodríguez, párroco de Huerta de Vero.
  • Reverendo don Mariano Frago Rodríguez, ecónomo de San Francisco, Barbastro.
  • Reverendo don Victoriano Puyol Jiménez, ecónomo de la catedral de Barbastro.

A las 03:30 de la madrugada del 11 de agosto irrumpieron quince milicianos armados en el salón de actos del colegio calasancio, donde se encontraban presos los claretianos, gritando: “¡Que bajen los seis más viejos!”. Lo hicieron los siguientes:

  • Padre don Pedro Cunill Padrós, claretiano, maestro, 33 años.
  • Padre don Nicasio Sierra Ucar, claretiano, maestro, 45 años.
  • Padre don Sebastián Calvo Martínez, claretiano, maestro, 33 años.
  • Padre don José Pavón Bueno, claretiano, maestro, 27 años.
  • Subdiácono Wenceslao Clarís Vilaregut, claretiano, estudiante de teología, 29 años.
  • Hermano misionero Gregorio Chirivás Lacambra, claretiano, 56 años.

Los milicianos les ataron las manos a la espalda y luego por los codos de dos en dos, mientras el padre Secundino Ortega les daba la absolución desde arriba del estrado. Llegados al lugar de su ejecución, los milicianos les ofrecieron la salvación a cambio de su apostasía, pero ninguno de ellos claudicó. Poco después de las 03:53 se oyeron en el salón de actos del colegio las descargas que acabaron con sus vidas en el cementerio.

A las 07:00 horas un miembro de Comité Rojo entró de nuevo en el salón de actos para hacer la lista de los 42 claretianos encerrados allí, quienes ya no tenían ninguna duda de cual sería su destino. Desde ese momento, la certeza del martirio les infundió una suerte de serenidad que les acompañó las horas de vida que les quedaban, y comenzaron a prepararse "próxima y fervorosamente para la muerte".

El 12 de agosto escribieron un documento que titularon "Ofrenda última a la Congregación de sus hijos mártires", que firmaron todos ellos. Decía así:

    "Agosto, 12 de 1936. En Barbastro. Seis de nuestros compañeros ya son mártires; pronto esperamos serlo nosotros también; pero antes queremos hacer constar que morimos perdonando a los que nos quitan la vida y ofreciéndola por la orientación cristiana del mundo obrero, por el reinado definitivo de la Iglesia Católica, por nuestra querida Congregación y por nuestras queridad familias".

Ese día algunos de los claretianos escribieron sus testimonios en envoltorios de chocolate, en pequeños papeles, en las paredes e incluso en grabados en un taburete de piano:

    "Con el corazón henchido de alegría santa, espero confiado el momento cumbre de mi vida, el martirio"; [...] "Así como Jesucristo en lo alto de la cruz expiró perdonando a sus enemigos, así muero yo mártir perdonándolos de todo corazón"; [...] "Morimos todos contentos por Cristo y su Iglesia y por la fe de España"; [...] "No lloreis por mi; Jesús me pide la sangre; por su amor la derramaré; seré mártir, voy al cielo"; [...] "¡Viva el Corazón Inmaculado de María! Nos fusilan únicamente por ser religiosos... no lloren por mí, soy mártir de Jesucristo"; [...] "Al recibir estas líneas canten al Señor por el don tan grande y señalado como es el martirio que el Señor se digna concederme".

En la medianoche del 12 al 13 de agosto irrumpieron de nuevo los milicianos en el salón de actos. Llevaban consigo las mismas cuerdas, aún ensangrentadas, con las que habían atado a sus compañeros dos días antes. Esta vez pidieron “¡Que bajen los que tengan más de 26 años!”. Como nadie se movió, gritaron de nuevo “¡Que bajen los que pasen de 25!”. Tampoco esta vez se movió nadie, por lo que un miliciano, malhumorado, sacó la lista y leyó 20 nombres:

  • Padre don Secundino Ortega, claretiano.
  • Don Ramón Novich, estudiante claretiano.
  • Don Javier Brandés, estudiante claretiano.
  • Don Salvador Pijem, estudiante claretiano.
  • Don Eusebio Codina, estudiante claretiano.
  • Don Juan Codinachs, estudiante claretiano.
  • Don Pedro García, estudiante claretiano.
  • Don Hilario Llorente, estudiante claretiano.
  • Don Teodoro Ruiz, estudiante claretiano.
  • Don Juan Sánchez, estudiante claretiano.
  • Don Antonio Dalmáu, estudiante claretiano.
  • Don Antolín Calvo, estudiante claretiano.
  • Don Tomás Capdevila, estudiante claretiano.
  • Don Manuel Torrás, estudiante claretiano.
  • Don Jose María Ormo, estudiante claretiano.
  • Don Juan Echarri, estudiante claretiano.
  • Don Esteban Casadevall, estudiante claretiano.
  • Don José Brenguaret, estudiante claretiano.
  • Hermano don Manuel Buil, claretiano.
  • Hermano don Alonso Miquel, claretiano.

Los milicianos los ataron como hicieron dos días antes con sus compañeros. Algunos hermanos perdonaban a sus verdugos mientras les ataban; otros besaban con fervor las cuerdas ensangrentadas que habían atado a sus compañeros asesinados dos días antes; mientras, el padre Luis Masferrer, el único sacerdote que quedaba entre ellos, les dió la absolución. Una vez atados, los milicianos le hicieron atravesar la plaza, donde los claretianos subieron a un camión y pidieron permiso para cantar la Salve. Durante el trayecto entonaron el cántico de “Cantemos al Amor de los amores...”. Con ellos iban al patíbulo el mayordomo del señor obispo, don Marcelino Abajo, y el teniente retirado de la Guardia Civil don Felipe Zalama, quien se erigió en jefe espiritual de la partida y enardeció a los muchachos con gritos de “¡Viva Cristo Rey!”.

Fueron fusilados a las 00:40 horas de la madrugada a 200 metros del kilómetro 3 de la carretera de Sariñena. Antes de ser pasados por las armas los milicianos les propusieron enrolarse como voluntarios en el ejército rojo, propuesta que rechararon diciendo “Nunca como ahora tendremos más seguro el cielo”.

Ese mismo día, los estudiantes claretianos argentinos Pablo Hall y Atilio Parussini fueron sacados del salón de actos, liberados por su condición de extranjeros y llevados a Barcelona. Una vez fuera de España, dieron a conocer el heroico martirio de sus compañeros. Hall publicó en Roma en 1936 su informe titulado “Los mártires de Barbastro”, recogido íntegramente en el libro “Spagna martire”, del padre Jose María Sanz. El informe de Parussini se publicó el 16 de julio de 1939 en el Boletín de la Provincia Argentina.

Ese día 13 de agosto, los claretianos que quedaban escribieron su testamento, redactado en los siguientes términos:

    "Querida Congregación: Anteayer murieron, con la generosidad con la que mueren los mártires, seis de nuestros compañeros; hoy, trece, han alcanzado la palma de la victoria veinte, y mañana, catorce, esperamos morir los veinte restantes. ¡Gloria a Dios!... Pasamos el día animándonos para el martirio y rezando por nuestros enemigos y por nuestro querido Instituto. Cuando llega el momento de designar las víctimas hay en todos serenidad santa y ansia de oir el nombre para adelantar y ponernos en las filas de los elegidos; esperamos el momento con generosa impaciencia, y cuando ha llegado, hemos visto a unos besar los cordeles con que los ataban, y a otros dirigir palabras de perdón a la turba armada: cuando van en el camión hacia el cementerio, les oimos gritar: "¡Viva Cristo Rey!" El populacho responde: "¡Muera, muera!" Pero nada los intimida. ¡Son tus hijos, Congregación querida!, estos que entre pistolas y fusiles se atreven a gritar serenos cuando van a la muerte "¡Viva Cristo Rey!".

    Mañana iremos los restantes y ya tenemos la consigna de aclamar, aunque suenen los disparos, al Corazón de nuestra madre, a Cristo Rey, a la Iglesia Católica, y a ti, Madre común de todos nosotros... Morimos todos contentos sin que nadie sienta desmayos ni pesares; morimos todos rogando a Dios que la sangre que caiga de nuestras heridas no sea sangre vengadora, sino sangre que entrando roja y viva por tus venas, estimule tu desarrollo y expansión por todo el mundo".

    ¡Adios, querida Congregación! Tus hijos, mártires de Barbastro, te saludan desde la prisión y te ofrecen sus dolorosas angustias en holocausto expiatorio por nuestras deficiencias y en testimonio de nuestro amor fiel, generoso y perpetuo. Los mártires de mañana, catorce, recuerdan que mueren en vísperas de la Asunción; ¡y qué recuerdo este! Mañana por llevar la sotana y morimos precisamente el mismo día en que nos la impusieron... ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Corazón de María! ¡Viva la Congregación! Adios, querido Instituto. Vamos al cielo a rogar por ti. ¡Adios! ¡Adios!."

A pesar de que los milicianos se despidieron la madrugada de 13 de agosto con un “Mañana a primera hora os vendremos a buscar”, dejaron pasar cuarenta y ocho horas antes de presentarse de nuevo en la madrugada del 15 de agosto para fusilar a los claretianos que quedaban. En la lista no se encontraba incluido el hermano Del Val, pues los milicianos le habían dado libertad de movimientos para servirse de sus servicios como cocinero.

Los milicianos, al mando de un tal Torrente, cajero de profesión, les hicieron la misma propuesta de servir en el frente junto a ellos, a lo que respondieron los claretianos que preferían morir por Dios y por España. Su traslado en camión por las calles de Barbastro fue presenciado por curiosos, algunos indiferentes, otras almas piadosas que rezaban por ellos. Cayeron fusilados “vitoreando a Cristo Rey, arrodillados en oración, alzando un crucifijo y perdonando a sus verdugos” a algo más del kilómetro 3 de la carretera de Sariñena, el día de la Asunción de la Virgen, que se los llevó con Ella al cielo:

  • Padre don Luis Masferrer, claretiano.
  • Don Jose María Blasco, estudiante claretiano.
  • Don Alfonso Sorribes, estudiante claretiano.
  • Don José Badía, estudiante claretiano.
  • Don José Figuero, estudiante claretiano.
  • Don Ramón Illa, estudiante claretiano.
  • Don Eduardo Rupoll, estudiante claretiano.
  • Don Francisco Roura, estudiante claretiano.
  • Don Jesús Agustín Viela, estudiante claretiano.
  • Don José Amorós, estudiante claretiano.
  • Don Juan Baixeras, estudiante claretiano.
  • Don Rafael Briega, estudiante claretiano.
  • Don Luis Escalé, estudiante claretiano.
  • Don Luis Lladó, estudiante claretiano.
  • Don Miguel Masip, estudiante claretiano.
  • Don Faustino Pérez, estudiante claretiano.
  • Don Sebastián Riera, estudiante claretiano.
  • Don José Ros, estudiante claretiano.
  • Hermano don Francisco Castán, claretiano.
  • Hermano don Manuel Martínez Jarauta, claretiano.

En la madrugada del 18 de agosto fueron llamados los seminaristas Jaime Falgarona y Atanasio Vidaurreta, los últimos que completan el número de 51 mártires. Estaban ingresados en el Hospital Militar por enfermos. Antes de partir se confesaron con un sacerdote prisionero y, en unión de varios sacerdotes y laicos católicos, fueron llevados para ser fusilados.

Los restos de los 51 mártires claretianos de Barbastro se conservan en la cripta de la iglesia del Corazón de María de la localidad. Fueron beatificados por san Juan Pablo II en Roma el 25 de octubre de 1992.



Habiendo acabado con los claretianos, tocaba ahora el turno a los benedictinos. Recordemos que la comunidad benedictina del monasterio de Pueyo había sido asaltada la tarde del 21 de julio y encarcelada el 23 de julio en el primer piso del colegio calasancio de los Escolapios, y que el padre Mariano Sierra había sido fusilado en la saca de la madrugada del 2 de agosto.

Los padres benedictinos vivieron aquellos terrible días siendo testigos de las muertes y martirios que se producían en la localidad. Pudieron decir misa el 25 de julio, día de Santiago, Patrón de España, y mantuvieron la comunión hasta finales de agosto. Con ellos se hallaban cinco de los diez niños "probandos" que vivían con ellos en el monasterio, quienes fueron respetados por los milicianos: cinco fueron devueltos a sus familias, y los otros cinco alojados con plena libertad de movimientos en el colegio calasancio porque sus familias habían quedado en zona nacional.

El 23 de agosto los padres benedictinos y los cinco niños fueron interrogados uno a uno sobre el paradero de las armas que, según los milicianos, se guardaban en el monasterio de Pueyo, y sobre el teroso de objetos religiosos que los padres habrían ocultado. Los milicianos trataron de forzar a los niños, pero éstos se mantuvieron firmes en todo momento; se les separó de los padres, se les instaló en la planta baja y se les forzó a tratar con "personas de toda índole", especialmente del Comité Rojo. Contaron en todo momento con el auxilio espiritual del padre Anselmo Paláu, que mantenía un contacto diario con ellos.

El 27 de agosto era la fiesta de San José de Calasanz, fundador de los Escolapios, y benedictinos y escolapios pudieron celebrar la festividad con toda solemnidad. Fue su última comunión. En la madrugada del 28 de agosto los milicianos ataron a los benedictinos y les condujeron al polvorín de Santa Barbara, en las afueras de la ciudad, para ser fusilados. Por el camino los padres iban gritando “¡Viva Cristo Rey!” de tal suerte que un miliciano dio un culatazo en la cabeza a uno de ellos para hacerles callar, dejándolo sin sentido en el camión o incluso muerto. El padre Anselmo, por respeto a la muerte, decidió ir descalzo al martirio. El padre prior, don Abel Palazuelos, pidió permiso para despedirse de su madre; los milicianos creían que se refería a su madre carnal, enferma en el hospital, pero el padre se refería a la Virgen María, a quien dedicó una emotiva oración cuando el camión pasó frente al monasterio de El Pueyo, lo que motivó que fuese asesinado con más saña mientras animaba a sus compañeros y les exhortaba al perdón. Aquella noche fueron fusilados 17 monjes benedictinos:

  • Padre don Abel Angel Palazuelos, monje benedictino, prior.
  • Don Aurelio Boix Cosials, monje benedictino, minorista.
  • Padre don Domingo Caballé Briz, monje benedictino.
  • Padre don Leandro Cuesta Andrés, monje benedictino.
  • Don Rudesindo Donamaría, monje benedictino, diácono.
  • Padre don Ildefonso Fernández Muñiz, monje benedictino.
  • Don Lorenzo Ibáñez Caballero, monje benedictino, subdiácono.
  • Padre don Raimundo Lladós Salud, monje benedictino, perteneciente a Monserrat.
  • Padre don Anselmo Paláu Sin, monje benedictino.
  • Padre don Mariano Pardo López, monje benedictino.
  • Don Fernando Salinas Romeo, monje benedictino.
  • Padre don Ramiro Sanz de Galdeano, monje benedictino.
  • Padre don Honorato Suárez Ríu , monje benedictino.
  • Hermano Angel Fuertes Boira, monje benedictino.
  • Hermano Laurentino Sobrevía, monje benedictino.
  • Hermano Vicente Borrell, monje benedictino. Hermano Lorenzo Santaoria, monje benedictino.

Todos ellos, incluido el padre Mariano Sierra, fusilado el 2 de agosto, fueron beatificados por el papa Francisco en Tarragona el día 13 de octubre de 2013.

Se cree que el Hermano Pedro Saiz, el martir número 19 de los monjes benedictinos, fuese posiblemente fusilado también en esta saca de la madrugada del 28 de agosto. Sin embargo no ha sido beatificado porque se ignora con exactitud el día, lugar y detalles de su muerte.



Finalizada la orgía de sangre después de un mes de fusilamientos con la muerte de los benedictinos, los padres escolapios concibieron ciertas esperanzas de poder sobrevivir, ya que ellos habían mantenido lazos con los habitantes de Barbastro gracias al colegio calasancio, que había acogido a muchos de ellos y de sus hijos. Hasta la fecha, tan solo había sufrido la muerte del padre Crisanto Domínguez, fusilado en la saca de la madrugada del 2 de agosto. Sin embargo, su suerte cambió la noche del 7 al 8 de septiembre, cuando llegó a Barbastro una columna procedente de Barcelona en dirección al frente de Huesca, formada por milicianos que habían sido rechazados en su frustrado ataque a la isla de Mallorca. Su sorpresa fue mayúscula al saber que los escolapios seguían con vida diciendo: "¿Cómo? ¿Todavía quedan curas aquí?".

Esa misma madrugada una treintena de milicianos se dirigió a la puerta del claustro del colegio y la golpearon con furia, amenazando a gritos con tirarla si los monjes no abrían. Los padres escolapios acudieron al ruido y los gritos, abrieron la puerta y los milicianos irrumpieron en actitud hostil apuntado con sus fusiles a los padres. Con gran nerviosismo, uno de los milicianos leyó los nombres de los padres. El padre Mariano Tabuenca, que llevaba más de cuarenta años en el colegio, reconoció a uno de los milicianos que le empujaban, pues había sido alumno suyo. "¿A mi me tratas así, que he sido un padre para todos vosotros?". El miliciano le respondió que mejor le habría ido en la vida de haber estudiado más cuentas en lugar de tanto catecismo y tanta misa.

Los milicianos llevaron a los escolapios a un cuarto que había junto a la puerta de la antigua biblioteca. Allí los padres iban dándose mutuamente la absolución. Finalizada la comprobación de la lista, los milicianos procedieron a atarles de dos en dos, codo con codo. Entonces el padre Rivarés pidió la lista al miliciano que la llevaba, la leyó, y le preguntó si también iban a llevarse a los padres que estaban en la lista y que no habían sido nombrados. Al responderle que no, el padre Rivarés sacó del grupo al padre Mompel, salvándose los dos de la muerte.

Los siete padres escolapios subieron serenos al camión que los conducía a la muerte, y se dirigieron a ella con gritos de "¡Viva Cristo Rey!". Se cree que fueron fusilados junto a la cruz de Segura, en las cercanías de una torre que pertenecía a la Orden de los Escolapios. Murieron el 8 de septiembre, festividad del nacimiento de Nuestra Señora, la Virgen María, que se los llevó con Ella al cielo:

  • Padre Mariano Tabuenca Laborda.
  • Padre Valero Tejel Gómez.
  • Padre Rafael Cólera Ballesteros.
  • Padre Pedro Cester Narro.
  • Padre Eulogio Malo Sánchez.
  • Padre Pompilio Torrecilla Liesa.
  • Padre Isidro Paricio Sánchez.

El noveno martir escolapio es el padre Julián Domínguez Gracia, que fue asesinado catorce días después, el 21 de septiembre de 1936.