El 7 de octubre los revolucionarios quemaron el Palacio Arzobispal de Oviedo y el convento de Santo Domingo, donde se hallaba el seminario diocesano, y asesinaron a OCHO clérigos: siete seminaristas diocesanos en Oviedo y un sacerdote diocesano, párroco de San Esteban de Cruces, Oviedo.

SIETE MÁRTIRES SEMINARISTAS DIOCESANOS DE OVIEDO.

Desde que estallara la revolución en Asturias, la ciudad de Oviedo se convirtió en un campo de batalla. El sábado 6 de octubre las columnas mineras procedentes de las diferentes cuencas entraron en la ciudad, y principalmente la columna del Caudal al mando del secretario general del sindicato minero, el socialista Ramón González Peña. Aquel día los mineros ocuparon el ayuntamiento. Ese día el secretario de estudios del Seminario Diocesano, don Aurelio Gago, reunió a los alumnos al acabar la primera clase y les dirigió unas palabras de aliento para el caso de que el Señor les llamara a todos al martirio.

Además de la revolución, ese sábado estalló la violencia anticlerical en Oviedo. Los mineros primero incendiaron el edificio del Palacio Arzobispal, cuya estructura quedó seriamente dañada y en el que ardieron, perdiéndose para siempre, muchos documentos, obras de arte y objetos de gran valor artístico y religioso. A continuación se dirigieron al antiguo convento de Santo Domingo, situado en la plaza del mismo nombre, en cuyo edificio estaba el Seminario Diocesano. Sobre las 16:00 horas del sábado los milicianos realizaron unos disparos contra el seminario, cuya puerta principal bloquearon para impedir la salida del edificio. Los superiores ordenaron a los seminaristas dejar la sotana y vestirse de paisano. En una pausa en el tiroteo un grupo decidió escapar saltando por una ventana trasera y la tapia de la huerta para encaminarse hacia las vías del ferrocarril del "Vasco", con objeto de ocultarse de día y caminar por la noche.

Un numeroso grupo de tres superiores y treinta y cuatro seminaristas se refugiaron en una casa que estaba vacía en el número 17 la cercana calle Travesía del Monte de Santo Domingo; pero el dueño de la casa les descubrió, les denunció y al cabo de una hora fueron detenidos por los milicianos. La multitud que les acompañaba pedía a gritos su muerte, pero el jefe de los milicianos les montó en un camión y los llevó a Mieres, donde quedaron encerrados en el teatro Orfeón, convertido en cárcel. Allí les sometieron a una especie de juicio que les condenó a muerte acusados de ser "curicas". No les ejecutaron, sino que les mantuvieron retenidos en una sala en la que los mineros colocaron una carga de dinamita para hacerla estallar y matar a todos si hiciera falta. Afortunadamente no la hicieron estallar, y los seminaristas pudieron desactivarla el 19 de octubre, poco antes de ser liberados por la Legión.

Antes de la llegada de los milicianos a la casa deshabitada, otro numeroso grupo, encabezado por el padre dominico P. Esteban Sánchez, abandonaron la casa y se escondieron en el sótano de una casa situada en una calle perpendicular a la travesía. Al final quedaron nueve seminaristas y el padre Esteban en este nuevo refugio. Allí pasaron la noche, entre la humedad y ocuridad, sin agua ni comida. Se juntaron en un rincón para tratar de vencer el frío, rezaron el rosario y el padre Esteban les dió la absolución, preparándose para el martirio y haciendo promesas para ir a Covadonga. El seminarista Zurro sacó el escapulario del Carmen y exclamó: "¡Ay!, tengo aquí el escapulario del Carmen; ya parece que estoy más tranquilo porque tengo mucha fe en él."

Pasaron la noche prácticamente sin dormir, recostados en el húmedo suelo. Al despuntar el día, domingo 7 de octubre, rezaron de nuevo el rosario, el padre Esteban volvió a darles la absolución y quien lo consideró necesario se confesó con el padre. Luego, Gonzalo Zurro salió del sótano en busca de alimento, pero fue inmediatamente detenido por unos milicianos que le dijeron: "Ya caiste, pájaro, ¿donde están los otros?" Con la promesa hecha por los milicianos de que les garantizaban su vida, Gonzalo les condujo al sótano, dando tiempo a que el padre Estéban y el seminarista Juan Alonso Díaz se escondieran en el hueco de la escalera. Ocho seminaristas fueron conminados a salir afuera y conducidos en fila india por un hombre armado delante y otro detrás, quienes ordenaron a los seminaristas que se pusieran en marcha por la travesía hasta la carretera de Santo Domingo. Durante el breve camino, el seminarista José González García, que iba el último de la fila, preguntó al miliciano de detrás si les iban a matar, a lo que contestó que creía que no, que les conducirían a Mieres junto a otro grupo que habían cogido el día anterior. Al llegar a la carretera les esperaban tres milicianos más.

Siguieron andando en fila india con los brazos en alto, con José González colocado en cuarto lugar "porque no era de fiar", mientras una desatada multitud de mujeres les insultaba y chillaba sin descanso: "¡Matadlos, matadlos!". Al doblar la esquina hacia el camino de San Lázaro, subiendo hacia un antiguo cuartel, les ordenaron hacer alto y ponerse junto a un portón. Así permanecieron unos cinco minutos, hasta que el miliciano que habían ido en cabeza se puso delante de Gonzalo Zurro, a unos cinco metros, en actitud de disparar. Al comprender que iban a ser fusilados, Zurro gritó con todas sus fuerzas "¡Viva Cristo Rey!", "¡Viva España católica!", que el resto de seminaristas respondió con un claro y rotundo "¡Viva!". Acto seguido, el miliciano disparó varias veces su fusil sin mediar palabra sobre Gonzalo Zurro, Ángel Cuartas y Mariano Suárez, que cayeron muertos al suelo, pero falló los tres cartuchos que le quedaban sobre José González García de forma que, mientras cargaba de nuevo su fusil, uno de los otros milicianos disparó su pistola sobre José, quien resultó herido en el muslo y cayó sobre sus compañeros. Pasado el desconcierto inicial, los milicianos se rehicieron y fusilaron a otros tres, Jesús Prieto, José María Fernández y Juan Castañón.

Los seis seminaristas asesinados fueron los siguientes:

  • Gonzalo Zurro Fanjul. Nació en 1912 en Avilés. Pronto marchó a Figaredo en Mieres, donde su padre entró a trabajar en la mina. Ingresó en el Seminario en 1925. Poseía de grandes dotes intelectuales y era amante de las misiones. Escribió un drama representado el día de Santo Tomás. Estudiaba segundo de Teología. Fue el primero en morir el 7 de octubre de 1934. Tenía 21 años.

  • José María Fernández Martínez. Nació en 1915 en Muñón Cimero (Pola de Lena, Asturias). Su abuelo y su padre fueron sacristanes. Entró en el Seminario en 1927. Era reposado y no discutía, por lo que era apreciado por los otros. Jugaba bien al frontón y tenía a su cargo la ropería. Estudiaba primero de Teología. Tenía 19 años cuando lo fusilaron.

  • Ángel Cuartas Cristóbal. Nació en 1910 en una familia humilde de Lastres, Asturias. Entró en el Seminario en 1923. Noble y pacífico, decía: “En la amistad no hay que reñir”. Muy limpio en su cuarto y en la sacristía. Jugaba al fútbol y tocaba el armonio. Era subdiácono y estaba en quinto de Teología. Tenía 24 años cuando fue fusilado.

  • Juan José Castañón Fernández. Nació en 1916 en Moreda de Aller, Asturias. Estudió en el Colegio de La Salle en Caborana. Don Custodio Álvarez animó su vocación. Ingresó en el Seminario en 1928. Conservaba su aspecto juvenil, pero su conducta era excelente y sus notas muy altas. Jugaba al fútbol y al frontón. Era experto en resolver crucigramas. Cursaba tercero de Filosofía. Tenía 18 años cuando lo fusilaron. Era el más joven de todos.

  • Jesús Prieto López. Nació en 1912 en La Roda (Tapia de Casariego, Asturias). Su familia campesina tuvo once hijos. Entró en el Seminario en 1925. El párroco le pagaba los estudios. Era amable y cariñoso. No hablaba mucho. En las vacaciones trabajaba en casa y daba catecismo a los niños. Era alumno de tercero de Teología. Tenía 22 años cuando fue fusilado.

  • Mariano Suárez Fernández. Nació en 1910 en El Entrego, Asturias. Su padre era capataz de minas. Ingresó en el Seminario en 1924. Tenía gran afición por la lectura. Carácter decidido y con fuerza de voluntad. Tenía dificultad para las lenguas, pero con su aplicación sacó buenas notas. Estaba en cuarto de Teología. Tenía 23 años cuando lo ejecutaron.

Estos seis seminaristas fueron beatificados el sábado, 9 de marzo de 2019, en la catedral de Oviedo, junto a otros tres seminaristas asesinados en 1936 y 1937, de los que hablaremos en su momento.

José Méndez Méndez es el séptimo seminarista asesinado aquel día. Nació en Cartavio (Navia, Asturias) en 1907, estudiaba 5º curso de Teología en el seminario y habia sido ordenado de subdiácono. Pertencecía al grupo que iba con el padre Esteban y fue de los que salió del sótano y conducido por los milicianos. Sin embargo, en un momento dado, del que se desconocen los detalles, se separó de ellos en el camino de San Lázaro y desapareció, pues nunca se supo nada más de él, suponiéndose que fue asesinado. Tenía 27 años. A pesar de las averiguaciones hechas posteriormente no se pudo saber nada acerca de su muerte, por lo que no pudo ser beatificado con sus compañeros al carecer de noticias sobre su martirio.

José González García es el octavo seminarista disparado aquel día. Fue herido en el muslo izquierdo y, sorprendentemente, al darse cuenta los milicianos que no había muerto con sus compañeros, no lo remataron sino que lo hicieron prisionero para llevarle a Mieres. Durante el trayecto fue amenazado de muerte en varias ocasiones, pero nadie se decidió a matarle. Fue liberado el 19 de octubre por la llegada de la 5ª bandera del Tercio de la Legión.

EL CURA PÁRROCO DE SAN ESTEBAN DE LAS CRUCES, OVIEDO.

Se trata de Graciliano González Blanco. Nació en Campazas (Valencia de don Luan, León) en 1907. Fue ordenado sacerdote en 1931 y se había hecho cargo de la parroquia en el mes de agosto. Al comenzar la revolución se ocultó en una casa particular cercana a la parroquia, pero fue denunciado, detenido y llevado a Mieres el 7 de octubre. Al apearse al llegar a su destino fue conminado por los milicianos a blasfemar, a lo que Graciliano contestó con un sonoro "¡Viva Cristo Rey!". Los milicianos reaccionaron acto seguido disparando una descarga de fusil sobre él, que cayó herido de muerte. La gran fortaleza de Graciliano impidió que los milicianos le remataran fácilmente, por lo que su martirio se prolongó hasta que finalmente consiguieron matarle. Tenía 27 años. Fue enterrado en el cementerio de Mieres.


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