El 8 de octubre los milicianos asesinaron a CINCO clérigos: dos canónigos de la catedral de Oviedo, dos religiosos jesuitas y un sacerdote religioso de los padres paúles.
DOS CANÓNIGOS DE LA CATEDRAL DE OVIEDO Y UN SACERDOTE DE LOS PADRES PAÚLES.
Aurelio Gago Fariñas, natural de Villafranca del Bierzo, León. Había estudiado en el seminario de Oviedo y era canónigo lectoral de la catedral, secretario de Cámara y Gobierno del obispado de Oviedo; también era el Prefecto de Estudios del seminario, donde daba clases de leguas y Sagrada Escritura.
Juan Puertes Ramón, natural de Alfafar, Valencia. Era canónigo de la catedral, Provisor y Vicario General de Oviedo.
Vicente Pastor Vicente, nacido en Candé, Teruel, en 1886. Fue ordenado sacerdote en 1911. En octubre de 1934 llevada tan solo quince días en el seminario de Oviedo; era miembro de la orden de los padres paúles, que eran quienes regentaban el seminario.
A las 16:00 horas del 6 de octubre, el padre Juan Puerte se dirigió en busca de refugio a la casa del padre Aurelio Gago en la calle San Antonio nº 14, 3º, quien viviía con su sobrina Manuela Gago. En el primer piso de la misma casa vivía una hermana de un tal "Pichilatu", quien era un cabecilla de los milicianos y jefe de grupo de aquella zona de la ciudad. Dos días después, a las 15:30 horas del 8 de octubre, "Pichilatu" dió orden de desalojar el edificio, pues los milicianos iban a proceder a bombardear la catedral. Sobre las 19:00 horas los dos sacerdotes, la sobrina Manuela Gago, un guardia de Asalto y cinco personas más que estaban escondidas en el piso fueron detenidas y conducidas por cinco milicianos al número 8 de la misma calle, propiedad de la marquesa de Ferrera. Presagiando su muerte segura, ambos sacerdotes se confesaron entre sí. Tras interrogarles en el piso, los milicianos se llevaron a los dos clérigos y al guardia de Asalto al edificio del banco Español de Crédito, contiguo al Ayuntamiento, donde estaba el Comité Revolucionario.
Al despedirse, el padre Gago y su sobrina se abrazaron diciéndose "adios para siempre". Al llegar al Comité, los milicianos preguntaron: "¿Qué hacemos con estos dos pájaros?"; el Comité los sentenció a muerte inmediatamente.
Por su parte, el padre Pastor se había quedado en el edificio del seminario tras el ataque de los milicianos del día 6 del octubre. Ese día dijo misa y consumió todas las formas consagradas de la iglesia del seminario, tras lo cual se escapó con dos o tres padres dominucos y se escondieron en el pajar del seminario, que daba por encima de la carretera de Mieres. Pasado un tiempo, el padre Pastor se decidió a salir al exterior, algo a lo que se negaron los dominicos.
El padre Pastor fue detenido y llevado al Comité Revolucionario. Allí se juntó con los padres Gago y Puertes. El 8 de octubre los tres sacerdotes fueron conducidos al mercado de ganado de San Lázaro, donde fueron fusilados sobre las 20:00 horas. Sus cuerpos fueron llevados en un carro al cementerio del Salvador y enterrados en una fosa común. Pasada la revolución, el padre Pastor fue enterrado en una sepultura individual del mismo cementerio; en 1943 su cuerpo, que se encontraba momificado de cintura para arriba y con el traje bien conservado, se trasladó a ua urna propiedad de los Padres Paúles del cementerio.
DOS RELIGIOSOS JESUITAS.
Emilio Martínez Martínez, sacerdote jesuita. Nació en Ahedo de las Pueblas, Burgos, el 28 de mayo de 1893. Sus padres eran de Murchante, Navarra. Se ordenó sacerdote en 1927, con 34 años,. Siendo estudiante de teología en Lyon vió los estragos que la propaganda comunista hacía entre los emigrantes españoles, consiguiendo la vista del cardenal Segura a Lyon y frustando un atentado comunista contra el cardenal.
Juan Bautista Arconada, hermano jesuita, era natural de Carrión de los Condes, Palencia.
El 4 de octubre, ambos clerigos regresaban de dar ejercicios espirituales a la comunidad de jesuitas de Carrión de los Condes, cuando la vía de tren fue interrumpida por un desacrrilamiento, de forma que llegaron a la localidad de Ujo a las 05:30 horas de la madrugada del 5 de octubre, con un retraso de nueve horas. Allí los milicianos detuvieron el tren y se dedicaron a cachear a todos los pasajeros enarbolando una bandera roja. Pasado el mal trago, ambos clérigos se refugiaron en casa de don Dionisio Muñiz, que les acogió como de la familia, donde se mantuvieron escondidos dos días, hasta el 7 de octubre.
El 7 de octubre seis milicianos se presentaron en la casa en busca de armas. Mientras registraban el sótano los jesuitas decidieron escapar por el monte hacia Oviedo para no comprometer a la familia. Pero al fallarles las fuerzas en plena huida, decidieron dirigirse a Santullano, donde fueron detenidos "por sospechosos" a la entrada del puente a las 11:30 horas de ese mismo día. Los milicianos les llevaron en una camioneta a Mieres, donde el Comité Revolucionario ofreció al hermano Arconada la libertad, pues aún no era jesuita, pero éste renunció diciendo que ya lo era y que deseada seguir con el padre Emilio. Como no cabían más presos en Mieres, el Comité dijo a los milicianos que los traían presos que hicieran con ellos lo que les diera la gana.
Los milicianos les llevaron de regreso a pie a Santullano, seguidos de un grupo de gente que los increpaba y que animaba a los milicianos a que los mataran para que así no dijeran más misas. Al llegar a Santullano los milicianos pararon delante de una casa para fusilarles, pero la dueña protestó diciendo que no quería muertes delante de su casa. Entonces los milicianos les llevaron a la Casa del Pueblo donde, entre blasfemias e insultos, les condenaron a muerte. Un tal José Iglesias, capataz de minas con ascendencia en el pueblo, trató de impedir su muerte diciendo que el padre Emilio enseñaba a los obreros y a los hijos de los trabajadores de Revillagigedo, pero no sirvió de nada.
Entre las torturas que sufrieron en la Casa del Pueblo, al padre Emilio le cortaron la nariz, y a ambos les machacaron los pies con las culatas de los fusiles. Por fin los subieron de nuevo a una camioneta para llevarles a Mieres, pero a mitad del camino, en la boca de la mima de la "Coca", los bajaron para fusilarles cerca o pasada la medianoche. Los dos jesuitas se abrazaron y murieron gritando "¡Viva Cristo Rey!". Los remataron aplastándoles los cráneos a culatazos. Fueron enterrados en la fosa común del cementerio de Mieres. El 24 de octubre sus cadáveres fueron identificados y enterrados en un panteón.
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